miércoles, 30 de septiembre de 2009

Encuentro que echara chispas


El próximo sábado 3 de Octubre se enfrentaran los equipos PARÍS Vs Halcones FC, hacemos mención de estos equipo ya que la mayoría de los integrantes son o fueron alumnos del instituto Isaac Pitman y este duelo sacara chispas...


Por el equipo París están los siguientes ex-alumnos Pedro López Fragoso, Luis Gilberto Huerta, Zorrilla, Rodolfo Lopez y el actualmente alumno Eduardo López Fragoso.

Por el equipo Halcones, F.C. esta integrado por los siguientes Ex-alumnos, Eric Saure Dominguez, Uriel Saure Dominguez, Jose Tomas Cisneros, Christian Hernandez, Cesar Alvarez Rodriguez, Aaron Hernandez, Ivan Conde, Ciro Omar Leal, Jose Carlos, Marcos Castro y los que actualmente estan cursando en este instituto, Julio Cesar Castro, Delfin Uscanga Jhair, Jesus Villalvazo Dominguez, Juan Gustavo Zuñiga, todos ellos con sangre azul y alas de Halcón. El equipo tambien se encuentra reforzados tambien en sus lineas importantes se diria que son los extranjeros de este equipo, tales como: Ricardo, Angel, Fernando el tiburón, Eusebio Saure y Sabino Saure.

Este partido sera de copa y el que pierda quedara eliminado y quedara fuera de toda aspiración por el titulo de copa.

Esperemos que gane el mejor

lunes, 28 de septiembre de 2009

viernes, 25 de septiembre de 2009

 

 

 

 
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jueves, 24 de septiembre de 2009

Abusadora

(Ehhhh!!)
 Yandel!!
 (Ehhhh!!)
 Es Imposible Detenerla… (Ehhhh!!) W!!
 Ella Es La Mejor… (Ehhhh!!)
 La Revolución!! Jaaaaaa!!
  Abusadora, Abusadora, Abusadora…
 Bendita Sea La Hora… 
En Que Te Encontré… (Tainy!!)
 Abusadora, Abusadora, Abusadora… 
Bendita Sea La Hora…
 En Que Te Encontré…
 (Victor “El Nazi”)
  Hace Calor… 
En La Disco Subiendo El Vapor…
 (Tu Sabes Quienes Son... Los Lideres!!)
 Hace Calor… 
En La Disco Subiendo El Vapor… 
(La Revolución!!)
  Se Siente, Se Siente… Caliente!!
 La Disco En High… 
Mujeres Vengan… 
Todo El Mundo Hi Five… 
Yo La Llamo Y Le Cai… 
Ella Tiene Millaje…
 Ta’ Buscando Que Le De… 
En El Ferrari Un Righ…
 Alineada Veo Una Gata En Traje, Corbata…
 Los Líderes De Nuevo!! Descontrolan Las Gatas…
 El Negocio Se Trata De Ganar Mas Plata…
 Sedúceme Negra Ya Yo Prendí La Fogata… 
Se Ven Las Luces De Neon Bien Lumo (Casi No Te Veo!!)
 Chula Yo Quiero Un Campito… 
Si Tu Me Dejas Te Fumo, Te Consumo, Dejame Mudo, Lamento Decirle Que Usted Conmigo No Pudo… 
 Hace Calor… En La Disco Subiendo El Vapor… (Bienvenidos A La Revolución!!)
 Hace Calor… En La Disco Subiendo El Vapor… (Haaaaaa!!)
  Siento Una Energía… 
Que Yo Ya No Puedo Operar… 
Es Algo Que Me Controla…
 Y Quiero Más, Más…
 De Tu Seducción…
 Amor, Amor… 
No Te Detengas…  
Oye Bebe Por Favor…
 Contágiame Con Tu Flow… 
Prende El Show… 
Se Pega Con Tequila Rose… 
Muevelo… 
Con Con Con Te Ganaste Las Pantallas De Don…
 (Supertarde!!) Janguea De Noche Como Lechuza, Sea Gusa…
 En Su Combo No Quiere Gentuza… 
Cuando Esta Caliente La Usa, La Usa… 
Si Me Duermo Me Saca La Gamuza… 
 Abusadora, Abusadora, Abusadora… 
Bendita Sea La Hora…
 En Que Te Encontré…
 Abusadora, Abusadora, Abusadora…
 Bendita Sea La Hora… 
En Que Te Encontré…
  Hace Calor… En La Disco Subiendo El Vapor… Hace Calor… 
En La Disco Subiendo El Vapor… 
 Seguiremos Demostrando Que Musicalmente… 
Estamos Por Encima  De Todos Ustedes… 
Así Que Seguirán Cogiendo Clases De Nosotros… 
La Revolución!! “Y” “W”, Tainy, Víctor “El Nazi” Los Campeones Del Pueblo Papi… 
Del Pueblo Papi!!

miércoles, 23 de septiembre de 2009

lunes, 21 de septiembre de 2009

2012

Tron legacy

viernes, 18 de septiembre de 2009

Los sustitutos

Cuento de navidad

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Grito de libertad por José Manuel Villalpando



En el año de 1810, Miguel Hidalgo convocó a los mexicanos a levantarse para acabar con la opresión y alcanzar la libertad, al grito de ¡Viva la Independencia!, que significaba la esperanza de un futuro mejor, y al grito también de ¡Muera el mal gobierno!, que representaba la inmediatez de los sufrimientos del pueblo.

Al cura de Dolores se le unieron miles de mexicanos por todo el territorio, encabezados por Ignacio Allende, Juan Aldama, Josefa Ortiz de Domínguez, Mariano Jiménez, José Antonio Torres, José María González de Hermosillo, Ignacio López Rayón, José María Mercado, Francisco Osorno y José María Morelos y Pavón.

Al lado de este último, el Siervo de la Nación, los más distinguidos mexicanos de entonces resolvieron luchar para alcanzar la meta de la libertad, guiados por el espíritu inspirador de su Generalísimo. Así, cerraron filas en torno de él personajes inolvidables como Hermenegildo Galeana, Nicolás Bravo, Mariano Matamoros, Guadalupe Victoria, Andrés Quintana Roo, Leona Vicario y Vicente Guerrero.

Todos ellos, desde que Hidalgo gritó en Dolores, decidieron sacrificar hasta la vida con tal de conseguir la Independencia, a la que entendían como el medio indispensable para alcanzar un objetivo superior y la razón de ser del movimiento insurgente: ser libres para poder mejorar y aumentar la calidad de vida de los mexicanos.

Pensaban que la dominación española era el obstáculo que impedía el progreso y la igualdad, el reparto de las riquezas de nuestro suelo y la distribución justa de sus beneficios materiales.

Por ello hicieron la guerra: para alcanzar la libertad, creyendo que una vez conseguida ésta, podría implantarse la justicia efectiva sin importar la clase social, eliminarse la pobreza y asegurar las oportunidades para todos; desaparecerían así y para siempre la discriminación, la corrupción y el despotismo.

Los hombres que, gracias al movimiento iniciado en 1810, nos dieron patria y libertad, tenían muy claros los valores por los cuales luchaban y con los que deseaban construir un México diferente. Así lo entendió el padre Hidalgo cuando explicó que el nuevo gobierno, surgido de la Independencia, tendría como obligación fundamental “los altos fines que anuncia la prosperidad” de los mexicanos, como premisa obligada para poder dar inicio a nuestra “regeneración”, según lo señaló Morelos.

Con la Independencia se conseguiría la libertad, “lo más estimable y lo más precioso que puede tener el hombre”, como decía Miguel Hidalgo; porque ser libres es un derecho, un derecho inalienable concedido a todos los seres humanos por “el Dios de la naturaleza”, como repetía incesantemente el propio párroco de Dolores, razón por la cual Morelos sintió el deber de defender esa libertad “que nos concedió el Autor de la naturaleza, la cual es conveniente e indispensable para el bien de nuestra noble y generosa nación”.

Con la Independencia, se conseguiría la igualdad, virtud y derecho practicado desde siempre por Hidalgo, quien fue acusado por “la igualdad con que trataba a todos”, y que una vez estando al frente del movimiento, declararía “iguales a todos los americanos, sin la distinción de castas que adoptó el fanatismo”, igualdad que fue sentida y entendida de manera aún más perfecta y profunda por José María Morelos, con aquellas palabras inmortales: “Quiero que hagamos la declaración de que no hay otra nobleza que la de la virtud, el saber, el patriotismo y la caridad; que todos somos iguales, pues del mismo origen procedemos; que no haya privilegios ni abolengos”.

Con la Independencia, se conseguiría la justicia, asunto de capital importancia en toda sociedad y el primer reclamo de los ciudadanos. Del movimiento iniciado en el año de 1810, recibimos como herencia la claridad del pensamiento de Morelos. De él son estas palabras, que reflejan las aspiraciones de todo un pueblo: “que todo el que se queje con justicia, tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario”.

Con la Independencia, se conseguirían buenas leyes, indispensables para garantizar la armonía social y la prosperidad. Hidalgo pedía “leyes suaves, benéficas y acomodadas a las circunstancias de cada pueblo”. Morelos, por su parte, depositaba su confianza en las buenas leyes: “Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”. Por eso, en la Constitución de Apatzingán quedó establecido que “La ley es la expresión de la voluntad general en orden a la felicidad común”.

Con la Independencia, se conseguiría un buen gobierno, puesto que si Hidalgo animó a sus feligreses a levantarse en armas contra el mal gobierno, ésta había sido la razón eficiente y práctica del movimiento. Por eso el cura de Dolores imaginaba que las autoridades emanadas de la Independencia nos “gobernarán con la dulzura de padres, nos tratarán como a sus hermanos, desterrarán la pobreza, moderando la devastación del reino y la extracción de su dinero, fomentarán las artes, se avivará la industria, haremos uso libre de las riquísimas producciones de nuestros feraces países”. Morelos, por su parte, hablaba de la “buena administración”, y sus ideas fueron recogidas y perfeccionadas por el Congreso de Anáhuac, el que, en su documento constitucional, plasmó una definición espléndida: “La íntegra conservación de estos derechos [igualdad, seguridad, propiedad y libertad] es el objeto de la institución de los gobiernos, y el único fin de las asociaciones políticas”.

Con la Independencia, se conseguiría abatir la pobreza, pues de otra forma, ¿para qué habrá exhortado el padre Hidalgo, la madrugada del 16 de septiembre, a sus huestes con estas palabras: “Mírense las caras hambrientas, los harapos, la triste condición en la que viven”? ¿Para qué convocar a los que él, con “ánimo piadoso”, llamaba “miserables”? Ésa era una de las preocupaciones centrales de Morelos, quien exigía moderar la opulencia y la indigencia, aumentar el jornal del pobre y mejorar sus costumbres.

Con la Independencia, se conseguiría que todos pudiesen tener educación, pues los que lo conocieron, aseguraron que la educación era el “delirio” del padre Hidalgo, ya que incesantemente repetía “que por mucho que hicieran los gobernantes, nada serían si no tomaban por cimiento la buena educación del pueblo, que ésta era la verdadera moralidad, riqueza y poder de las naciones”. Para Morelos, la educación resultaba ser la condición de existencia de la nueva nación al exigir que se impartiera a todos por igual: “que se eduque a los hijos del labrador y del barretero como a los del más rico hacendado”. Por eso, desde nuestra primera Constitución, la de 1814, quedó establecido este mandato supremo: “La instrucción, como necesaria a todos los ciudadanos, debe ser favorecida por la sociedad con todo su poder”.

Con la Independencia, se conseguiría la felicidad, no como una ilusión ni una quimera, sino como algo eminentemente práctico y tangible, como se atrevieron a postularlo los diputados que participaron en el Congreso de Anáhuac, bajo la inspiración de Morelos: “La felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad”.

Para alcanzar la Independencia y dar vida a todos estos sueños, era indispensable la unión, como lo deseaba el padre Hidalgo: “para conseguirlos —decía—, no necesitamos sino unirnos. Si nosotros no peleamos contra nosotros mismos, la guerra está concluida y nuestros derechos a salvo. Unámonos, pues, todos los que hemos nacido en este dichoso suelo”.

martes, 15 de septiembre de 2009

lunes, 14 de septiembre de 2009

13 de septiembre de 1847, por David Guerrero Flores


Un escenario desolador, con el aire saturado de muerte y pólvora, circundaba a la ciudad de México en septiembre de 1847. Nuestra capital era asaltada y profanada por un invasor que al principio de la guerra jamás soñó con llegar tan lejos. Una y otra vez los aprestos militares de nuestros paisanos se mostraron inútiles: Padierna, Churubusco, Molino del Rey. Vencida la resistencia y traspasadas las defensas, en la mira estratégica del general norteamericano Winfield Scott figuró como punto fuerte y galardón, una de las prominencias más notables de la ciudad: el cerro de Chapultepec con su alcázar y la sede del Colegio Militar.

De mayo de 1846 a septiembre de 1847, el territorio nacional fue objeto de invasión por el Norte, por el Pacífico y por el Golfo; con la capital del país a punto de ser ocupada y carente de defensas efectivas, la obstinación por mantener un punto estratégico era locura y empresa vana, o, en un sentido profundo, búsqueda desesperada por encontrar un sentido a la vida, al deber y a la historia.

En la defensa de Chapultepec participó el general Nicolás Bravo, al mando de ochocientos soldados. A manera de refuerzo también se unió el batallón de San Blas, integrado por cuatrocientos elementos bajo las órdenes del teniente coronel Santiago Xicoténcatl. Por último, en el alcázar, se encontraba medio centenar de alumnos comandados por el capitán Domingo Alvarado y el sargento Ignacio Molina.

La víspera y la mañana de ese día fue de intensos bombardeos por parte de la artillería norteamericana, apostada en las lomas de Tacubaya. El asalto fue demoledor y sangriento. Cuando se avizoraba la pérdida del castillo, corrió la orden de desalojar sus instalaciones. Sin embargo, un puñado de cadetes decidió mantenerse apostado y beligerante. ¿Por qué lo hicieron? Acaso porque daba lo mismo retirarse para encontrar al país vencido, que mantenerse firmes, feroces y perseverantes contra el invasor que demolía ante sus ojos la imagen de su patria y de su mundo.

De aquellos héroes, la historia nacional ha destacado los nombres de seis cadetes: Juan de la Barrera, Agustín Melgar, Francisco Márquez, Vicente Suárez, Fernando Montes de Oca y Juan Escutia. No obstante, murieron muchos más. Eran jóvenes, mozos plenos, promesa interrumpida de una gente de bien. Su muerte semejó a la de otros, ni más terrible, ni menos heroica, pero encomiable por su juventud y por el hecho de no estar obligados a defender la plaza, dada su condición de alumnos.

Se quedaron para defender el colegio y su orgullo militar. Decidieron permanecer porque la vida los puso ahí, en un momento con dos posibilidades extremas: morir sin sentido o sucumbir peleando en aras de una victoria imposible pero anhelada. ¿Era necesario que murieran para volverse ejemplares ante la posteridad? Quizás no, pero la historia y los episodios señeros de aquel 13 de septiembre, no dejaron al descubierto otra senda que pudiera transitarse.

La historia de aquella gesta nos conmueve por la juventud de sus protagonistas. Nos amarga por la injusticia de la guerra y por la impotencia de la defensa frustrada. Nos duele pero también nos enaltece, porque esos cadetes fueron la muestra clara y contundente del sacrificio. Ofrendaron su vida por motivos propios y por el legado inmaterial del honor militar y el sentimiento nacionalista.

El Batallón de San Patricio ¿héroes o traidores?, por Carlos Betancourt Cid


A mediados de agosto de 1847, las milicias estadounidenses acechaban las goteras de la capital mexicana. Desde el día 17, el Batallón de San Patricio, formado en su mayor parte por nacidos en Irlanda, se encontraba acuartelado en la Ciudadela. Dos días después recibieron la orden de pasar a defender el bastión ubicado en el convento de Churubusco. El 20 se libró en ese sitio un fuerte enfrentamiento contra los invasores estadounidenses, en el que los integrantes de esa legión de extranjeros, que luchaban por la bandera mexicana, definieron su trágico destino.

La polémica en torno de este grupo militar en esa injusta guerra es por demás controversial. Por un lado, en México se les considera héroes, pues arriesgaron su vida en la defensa de una patria que no era la de su origen, mostrando gran valentía y arrojo por la causa de aquellos con los que compartían la misma religión, pero también un sentir solidario que se evidenció con denuedo en los escenarios de guerra donde les tocó participar.

No obstante, desde el punto de vista estadounidense, han sido tomados como traidores, pues la deserción y la falta de lealtad a sus tropas no podían obtener otro calificativo. Tras la derrota y su aprehensión la saña con que se llevó a cabo su suplicio, además de servir como ejemplo para los dominados por la fuerza de las armas, significó una ruda muestra de lo que eran capaces de hacer los vencedores de una guerra desigual, en la que México tuvo mucho que perder.

La historia comenzó así: una vez consumada la independencia nacional en 1821, entre los asuntos que más urgía resolver para México destacaba la inestabilidad originada por la situación de Texas, que acarreó graves consecuencias, sobre todo en la relación con el país vecino del norte: Estados Unidos de América. El apoyo inicial a la independencia texana y la posterior insistencia por incorporar esta porción territorial a la Unión Americana fueron las causas esenciales de un distanciamiento que condujo a la guerra entre ambas naciones.

La aceptación de la iniciativa por parte del gobierno estadounidense que formalizaba la adhesión de la región norteña de México —sureña de Estados Unidos—, coincidió con la llegada de James K. Polk a la presidencia, político de talante anexionista que no escondió sus verdaderas intenciones. En diciembre de 1845, Texas se convirtió en una estrella más del pabellón de las barras blancas y rojas.

Los conflictos por definir las líneas divisorias detonaron el enfrentamiento que desde mucho antes se vislumbraba inevitable. Para presionar a los mexicanos, en enero de 1846, el presidente Polk ordenó al general Zachary Taylor avanzar con sus tropas hasta las orillas del Río Grande, lejos del límite de las riberas del Nueces, pactado anteriormente entre ambas naciones. El 26 de abril, las tropas mexicanas atravesaron las márgenes del afluente, donde trabaron batalla con los invasores. El 12 del mes siguiente, el Congreso en Washington aprobó la declaración formal de las hostilidades.

Iniciada la campaña, e incluso antes de que ésta se ratificara, un gran número de deserciones asoló a las tropas de aquel país. Para marzo de 1847, el general adjunto en Washington anunció el ofrecimiento de recompensas a quien ayudara a la captura de más de 1000 evadidos. Las difíciles circunstancias de algunos reclutados —sobre todo por su calidad de inmigrantes y católicos—, fue lo que incitó a malos tratos por parte de los nacidos estadounidenses, provocando que pasaran a engrosar las filas mexicanas.

Pero también existían otras motivaciones para abandonar a las huestes ocupantes. El propio Antonio López de Santa Anna firmó comunicados que se repartieron entre los agresores. En ellos se apelaba a que en México no existían distingos de raza, como sucedía en la nación del norte, además de extender el ofrecimiento de terrenos cultivables para los soldados una vez terminada la guerra.

Hacia abril de 1846, antes de la declaración formal de guerra, entre los desertores se encontraba un irlandés llamado John Riley, quien organizó una compañía con 48 de sus compatriotas. En agosto siguiente, en plena conflagración, ya contaba con 200 hombres. Había algunos mexicanos nacidos en Europa, inmigrantes de diversas nacionalidades del viejo continente (como alemanes y polacos), además de un numeroso contingente de sus coterráneos. En su mayoría practicaban la religión católica.

Riley cambió la denominación del escuadrón, que era conocido como la Legión de Extranjeros, al de Batallón de San Patricio, en homenaje al santo patrono de la isla que lo vio nacer y adoptó una bandera de seda verde esmeralda que tenía la imagen del santo bordada en plata por un lado, con un trébol y un arpa en el otro. Se cuenta que el lábaro llevaba la leyenda “Viva la República de México”.

La participación de este grupo militar fue notable. Uno de los episodios donde se comienza a patentizar su fiereza fue la batalla desarrollada en Monterrey, entre el 21 y el 26 de septiembre de 1846. En ella, los San Patricios, que operaban junto a los escuadrones de artillería, propinaron un duro golpe a los invasores, pues de los 400 muertos que tuvieron en el enfrentamiento, la mayoría había caído bajo la metralla irlandesa que defendía la bandera mexicana.

Con estas experiencias, la organización del batallón se iba incrementando. El 22 de febrero de 1847, un periódico de gran influencia, el Monitor Republicano, destacaba su presencia en San Luis Potosí, después de la derrota en Monterrey, aludiendo a la disciplinada marcha ante la oficialidad, en la que se mostraban perfectamente armados y equipados. Además, se hacía notar que esos valientes hombres habían abandonado una de las más injustas causas y que se unían fraternalmente a los mexicanos, con quienes tenían más afinidades que con los ocupantes.

La siguiente ocasión para demostrar su adhesión se presentó en la famosa batalla de la Angostura, que los estadounidenses conocen como Buena Vista y que se inició el 22 de febrero de 1847. Ahí, el Batallón recibió la asignación de una batería con tres cañones de 16 libras, los más grandes de que disponía el ejército mexicano. Ocuparon la parte alta del terreno en un flanco desde donde se podía tirar con mayor facilidad sobre el enemigo. En el fragor de la batalla capturaron dos cañones de seis libras del ejército enemigo.

El Batallón de San Patricio se formaba entonces de 80 combatientes, de los cuales perdieron la vida 17 soldados rasos y dos sargentos. Sin embargo, la valentía mostrada no fue suficiente y después de más de 48 horas de lucha intensa, Santa Anna ordenó el retiro del ejército mexicano, dejando el camino libre para que los invasores avanzaran hacia el centro del país.

Su entrega en los campos de batalla produjo que el 5 de abril se oficializara, mediante propuesta del diputado Eligio Ancona, el ingreso oficial de oriundos irlandeses en la defensa mexicana.

El 20 de agosto amaneció llenó de nubes; se presagiaba una terrible tormenta. Acorralado en Churubusco por las fuerzas enemigas, que venían de una acción exitosa en Padierna, el ejército mexicano, comandado por los generales Manuel Rincón y Pedro María Anaya, mostró una valentía inusitada en la defensa del baluarte al sur de la ciudad; sin embargo, la falta de apoyo por parte de Santa Anna, quien se había retirado hacia la población de Guadalupe Hidalgo, redundó en la derrota, que condujo al confinamiento como prisioneros de guerra de los miembros del batallón irlandés.

En las versiones estadounidenses se destaca el valor de los San Patricios en esa gesta, aunque desvirtuar su presencia también es nota recurrente. Por ejemplo, se cuenta que los irlandeses, en su afán por no darse por vencidos, acribillaban a los mexicanos que intentaban mostrar la bandera blanca de rendición, lo cual no es ciertamente comprobable. Empero, el parque de las milicias mexicanas no fue suficiente, y los invasores obtuvieron una victoria contundente.

Llegó a 85 el número de cautivos de las compañías de San Patricio, quienes fueron encadenados en las prisiones establecidas con este propósito en San Ángel y Mixcoac. Se decidió someter a 75 de ellos a consejo de guerra. La mayoría fue condenada a la horca, porque se consideró que no merecían el honor de morir fusilados. A unos pocos, que lograron así salvar la vida, entre ellos el propio John Riley, les impusieron la pena de cincuenta azotes. También los marcaron con la letra D, con un hierro candente, en la mejilla, cicatriz que evidenciaría su traición mientras vivieran.

Los primeros 16 condenados fueron ahorcados en San Ángel el 10 de septiembre de 1847. La ejecución de los restantes 30 sucedió el día 13. Sucumbieron en la horca en un camino desde donde se podía observar a la distancia el castillo de Chapultepec.

El coronel enemigo William Selby Harney, irónicamente de ascendencia irlandesa, conocido por su crueldad, estuvo a cargo de hacer cumplir la sentencia. Decidió coordinar las ejecuciones con el asalto de su ejército al cerro de Chapultepec. Construyó un cadalso en una ligera elevación del terreno desde donde se veía claramente la fortaleza y colocó a los prisioneros sobre unas carretas, con la soga al cuello y con la cara hacia donde se libraba la batalla. Esperó hasta que todos pudieran percatarse de que en el castillo era arriada la bandera mexicana en señal de derrota, y en su lugar se izaba la de las barras y las estrellas. El oficial con su espada dio una orden y las carretas dejaron en vilo a los sentenciados, hasta que murieron sofocados.

Siglo y medio después, el 29 de abril de 1999, el Congreso de la Unión mexicano declaró a los combatientes civiles y militares de la guerra de invasión estadounidense como “Benémeritos de la Patria” en grado heroico, y para honrarlos se les dio el nombre genérico de “Defensores de la Patria 1846-1848”. Esa leyenda se fijó con letras de oro en el Muro de Honor del edificio sede del Poder Legislativo, junto con el nombre “Batallón de San Patricio” en homenaje a los soldados extranjeros que formaron ese memorable contingente que derramó su sangre por nuestro país.

Los Niños Héroes, un símbolo, por Lorenza Espíndola


Uno de los monumentos más visibles e importantes de la primera sección del bosque de Chapultepec, es el hemiciclo formado por seis enormes y robustas columnas blancas dispuestas en semicírculo que resguardan la figura de una mujer, que con el brazo derecho abraza orgullosamente a un joven; en la mano libre, una bandera. En medio de las columnas, ondea la bandera de México, uno de los símbolos patrios que nos dan identidad como mexicanos.

Este monumento se inauguró en 1952 y desde entonces, en ese lugar, los días 13 de septiembre se rinden honores a los llamados “Niños héroes”, aquellos jóvenes cadetes que combatieron heroicamente en la famosa defensa del Castillo de Chapultepec frente al ejército norteamericano. En este sitio, conocido como el “altar de la patria”, se supone que están enterrados los niños héroes, sin embargo, después de la batalla fue imposible recuperar sus cuerpos, pues eran muchos los muertos y cada uno de los cadetes murió en un lugar distinto en medio del caos y la confusión. Por lo tanto el monumento es tan sólo un lugar para recordar sus hazañas.

El espacio diseñado por el escultor Ernesto Tamaríz y el arquitecto Enrique Aragón es sobrio y frío, por el blanco del mármol de Carrara, que predomina en toda la obra. Las proporciones son a la usanza clásica: medidas para los dioses, en donde el ser humano se siente pequeño, insignificante. No podía ser de otra manera, ya que se trata de homenajear a nuestros héroes, personas que al morir por la patria toman su lugar en el panteón nacional. Visto de este modo no sorprende que hayan elegido como escultor a Ernesto Tamariz, quien sobresalió por sus obras funerarias y religiosas, ya que se requería de un monumento que reflejara la grandeza de los héroes a manera de dioses protectores de la nación.

Mucho se ha discutido acerca de la grandeza de estos seis jóvenes cadetes que defendieron su Colegio, y sobre todo, a su patria de la invasión estadounidense, lo que no se puede negar es que combatieron en una batalla que sabían perdida, junto con muchos otros hombres que murieron en el anonimato.

Quizá fueron estas mismas interrogantes las que llevaron a estos dos artistas a desarrollar dicho monumento sin rostros, pero representativo del momento heroico. Heroico no sólo por la participación de Juan de la Barrera, Agustín Melgar, Fernando Montes de Oca, Vicente Suárez, Juan Escutia y Francisco Márquez, sino también por el medio centenar de cadetes que lucharon ahí y del batallón de San Blas dirigido por el coronel Felipe Santiago Xicoténcatl, que se sumó a la defensa del Castillo cuando estaba por caer en manos del enemigo, así como los más de 600 miembros del ejército mexicano que perdieron la vida aquel 13 de septiembre de 1847.

Los mexicanos se enfrentaron durante casi dos años y medio a los norteamericanos, más allá de su capacidad militar, y a pesar de las fracturas entre los diversos sectores sociales y los intereses políticos de los distintos grupos que no dejaron de pelear entre sí aún frente a la guerra.

Visto de esta forma, se puede hablar de que los “seis niños héroes” representan a los hombres que defendieron a la patria de la invasión norteamericana y de su insaciable sed de expansión. Un deseo que respondía a la doctrina Monroe, resumida en la frase: “América para los americanos”. Esto significaba que Estados Unidos tenía derecho sobre las otras naciones americanas, antes que cualquier nación europea.

Pero México resistió los ataques por más tiempo del que tenían planeado los estadounidenses, pues ellos esperaban una guerra corta y con resultados aún más favorables. Querían dominar todas las tierras algodoneras para tener el dominio de esa industria. De igual forma obtener toda California para tener una puerta al océano Pacífico, y -el todavía utópico- mercado con Asia. Aún así México conservó Baja California y logró mantener unida a Sonora por tierra. Salvaguardando así a la Patria.

La Patria se encuentra plasmada en la figura femenina del centro del monumento, custodiada por las seis columnas que representan a los niños héroes. La mujer fuerte, desafiante, que mira de frente y sin temor a su enemigo. Toda esa fortaleza protege al joven como cualquier madre lo haría con su hijo, pues se trata de la Madre Patria a la que abrazan los héroes, y a su vez ésta resguarda al joven o niño héroe, unidos los dos por la bandera nacional, emblema que defendieron para que no fuera profanado por sus enemigos.

El nombre del monumento es A la Patria, pues representa su defensa a cargo de los cadetes del Colegio Militar, el batallón de San Blas y el ejército mexicano, simbolizados en la figura de estos “seis niños héroes”, que combatieron hasta la muerte por su Nación. Este acto ha pasado a la historia nacional, resaltando la valentía de los jóvenes, que en el siglo XIX se les denominó como niños, aún a pesar de tener más de dieciséis años. Dicho acontecimiento glorificó el período histórico, siendo que la guerra contra Estados Unidos, estuvo llena de fracasos y pérdidas militares, pero la historia oficial decidió resaltar el amor a la Patria de los mexicanos, siendo este sentimiento el que perdura hasta hoy en día.

Esperando al enemigo, por Raúl González Lezama



México se encontraba ocupado por el ejército de Estados Unidos en 1847; la excusa que desató la guerra fue que México había invadido su territorio, la verdadera razón: arrebatarle todo el territorio posible.

Tras las terribles derrotas sufridas por las fuerzas mexicanas en el inicio de la guerra, los principales generales mexicanos, reunidos en la capital meses antes, el 20 de mayo, planearon la estrategia para enfrentar a los estadunidenses. Se creyó que la mejor opción era la defensa de la capital a todo trance. Para resguardar la Ciudad de México, se creyó suficiente fortificar sus puntos de acceso y vigilar el perímetro mismo de la ciudad. Se iniciaron las obras necesarias para lograr estos objetivos.

Para cubrir el oriente, se fortificó el Peñón Viejo. Mexicalcingo, la Hacienda de San Antonio Abad y el convento y puente de Churubusco se encargarían de guarnecer el acceso a la ciudad por el sur. Por su parte, la artillería situada en Chapultepec tendría la misión de cubrir los caminos que desde el oeste conducían a las garitas de Belén y San Cosme que, al igual que Santo Tomás, habían sido reforzadas. En las proximidades de la Villa de Guadalupe se iniciaron obras en los cerros de Zacoalco y Guerrero, interrumpidas después para limitar la defensa a las garitas de Nonoalco, Vallejo y Peralvillo.

El total de las fuerzas reunidas en México por Santa Anna, incluida la caballería de don Juan Álvarez, ascendía a 20 mil hombres con unos cien cañones. La estrategia salvadora de Santa Anna era puramente defensiva, y consistía en guardar con el grueso de su artillería y de sus fuerzas los puntos de su primera línea de fortificaciones, contando como cuerpos volantes exteriores con la división de caballería de Álvarez. Estos últimos tendrían la misión de hostilizar al enemigo y atacar su retaguardia cada vez que intentara atacar alguno de los puntos fortificados.

Para no alertar al enemigo, un decreto promulgado por bando el 8 de junio prohibió que se publicara en los periódicos –o en cualquier otro medio– noticias o comentarios que pudieran revelar el estado de defensa de la ciudad, la ubicación de los puntos fortificados, las fuerzas que los guarnecían, así como el número y la condición de las piezas de artillería. Los infractores serían tratados como espías. También se exhortó a los particulares para que entregaran las armas que poseyeran, disposición que se había acordado desde el año anterior y a la que muy pocos habían obedecido.

Mientras tanto, la esfera civil parecía vivir en otra realidad, pese a la ocupación de Veracruz, principal puerto de la República, y a que los estadunidenses se encontraban a un par de jornadas de la capital, la vida política continuaba. El 21 de mayo se convocó para ser jurada el Acta Constitutiva y de Reformas; días más tarde, se convocó a la elección de diputados, como si fuera posible en momentos tan críticos agitar discrepancias políticas.

En cambio, el Ayuntamiento realizó grandes esfuerzos para prepararse. Se habilitaron depósitos de víveres, hospitales y cárceles. En las calles se abrieron fosos, se desmontó la plaza de toros, la madera obtenida fue transportada en coches particulares para emplearla en las obras de defensa. La ciudad entera se convirtió en un cuartel. A cada uno de los regidores le fue asignado un sector al cual se dirigiría al momento de sonar la señal de alerta. Allí atenderían cualquier eventualidad que pudiera suscitarse.

Por fin, el 9 de agosto, a eso de las tres de la tarde, la campana mayor de la Catedral anunció la proximidad del enemigo. El barullo de la vida urbana casi desapareció de inmediato, y sólo se escuchaba por las calles el resonar de los pasos de la infantería y el choque de las herraduras de la caballería sobre el empedrado.

El general estadunidense Winfield Scott, habiendo ordenado un reconocimiento previo del terreno, se percató de que éste se encontraba perfectamente fortificado. Decidió realizar simplemente un rodeo e intentar penetrar en la ciudad por el sur. De esta manera, la mejor carta de México quedó inservible.

Empleando veredas que nuestros estrategas habían creído intransitables para la artillería, los invasores se aproximaron a la capital desde el sur y conquistaron las posiciones de Padierna y Churubusco. Santa Anna se vio obligado a aceptar un armisticio el 23 de agosto. Las hostilidades se suspendieron y tuvo lugar un intercambio de prisioneros. Para escuchar la propuesta de paz de los estadunidenses, fueron nombrados, en representación de México, los señores José Joaquín de Herrera, Bernardo Couto e Ignacio Mora y Villamil.

En medio de esta tregua, que se prolongó hasta el 7 de septiembre sin que los negociadores lograran un acuerdo, se dio el primer contacto de los civiles con los míticos angloamericanos.

Por la mañana del 27 de agosto, una caravana estadunidense, compuesta por unas cien carretas y escoltadas por elementos de su caballería, se presentó ante las garitas que guarnecían el acceso a la ciudad, y exigió con la mayor tranquilidad, que se le permitiera el paso. El artículo 7º del armisticio había dispuesto que las autoridades mexicanas civiles y militares no obstaculizaran de ninguna manera el tránsito de víveres de la ciudad o del campo que necesitara el ejército estadunidense. Para los yanquis, nada parecía más natural y práctico que evitar los intermediarios y pasar ellos mismos a buscar sus suministros al interior de la ciudad. Los sitiados, un tanto desconcertados y con una ingenuidad digna de mejor título, no vieron inconveniente en permitirles ingresar.

Los soldados estadunidenses, convertidos en visitantes, realizaron la compra de sus víveres ypenetraron hasta la Plaza de la Constitución a sacar dinero depositado en algunas casas de comercio extranjeras. La gente del pueblo no podía creer lo que veía: una fuerza enemiga en el centro de su ciudad adquiriendo tranquilamente los elementos necesarios para seguir haciéndoles la guerra. Al asombro siguió la indignación y comenzaron a hacerse escuchar los mueras dirigidos a los invasores y al general Santa Anna, al que acusaban de traidor. Acto seguido, una lluvia de piedras comenzó a caer sobre las carretas, sus conductores y la escolta que los acompañaba. Viendo el cariz que tomaban las cosas, los efímeros turistas optaron por abandonar la escena con la mayor celeridad. No hubieran podido lograrlo sin la ayuda de 2500 hombres de nuestras tropas que fueron enviados para protegerlos y para contener a la multitud que llegó a rebasar las 30 mil personas.

Sin haberse concretado la paz, la breve tregua concluyó. La Casa Mata, el Molino del Rey y el Castillo de Chapultepec eran los últimos reductos fortificados que salvaguardaban la Ciudad de México. Los habitantes de la capital, esperanzados en que los soldados que custodiaban estos puntos pudieran detener a los invasores, permanecieron en vela en espera del enemigo.

Por la patria: el Batallón de San Blas durante la defensa de Chapultepec, por Norberto Nava Bonilla



Después de las acciones de Molino del Rey y Casa Mata el 8 de septiembre de 1847, el ejército estadunidense analizaba los posibles sitios hacia los que dirigiría su siguiente ataque para tomar la Ciudad de México. Una posibilidad era entrar por el sur a través de la garita de San Antonio Abad, lugar poco fortificado que, una vez ocupado, permitiría la entrada a la ciudad sin encontrar otro punto en que los mexicanos pudieran ofrecer resistencia.

Otra opción era el Castillo de Chapultepec, sede del Colegio Militar, que estaba resguardado por el general Nicolás Bravo con algunos soldados y 10 piezas de artillería, que de ser tomado provocaría la rendición de la garita de Belén y todo el rumbo de San Cosme hasta la Ciudadela. Winfield Scott, general en jefe del ejército estadunidense se decidió por la segunda opción.

El Castillo de Chapultepec carecía de la solidez necesaria para resistir un bombardeo constante, pues este edificio no había sido construido para fortaleza, sino como una casa de recreo destinada a los virreyes; además, no poseía piezas de artillería para contrarrestar el fuego de las baterías estadunidenses.

Los primeros movimientos de Scott fueron para confundir al ejército mexicano; atacó la garita de San Antonio Abad y la de Niño Perdido los días 10 y 11, y colocó, además, un pequeño número de hombres para su resguardo. Su verdadera intención era concentrar el mayor número de soldados en Chapultepec para su bombardeo y ocupación. Las acciones iniciaron a las 6 de la mañana del día 12.

Las baterías improvisadas del castillo contestaron el ataque enemigo, mientras que el presidente Antonio López de Santa Anna, general en jefe del ejército mexicano, movía algunas fuerzas hacia el puente de Chapultepec, reforzando él mismo aquella posición. El fuego duró desde las 6 de la mañana hasta las 7 de la noche.

Antes del día 12, Santa Anna le había ordenado a Nicolás Bravo que devolviera al General D. Simeón Ramírez los cuerpos militares que pertenecían a su brigada. Bravo le contestó que de hacer eso, el castillo quedaría gravemente desprotegido. Por el contrario, pidió cuando menos dos batallones que defendieran este punto. Santa Anna le mandó a mediodía al Batallón Activo de San Blas con 400 efectivos bajo las órdenes de su jefe, el teniente coronel Felipe Santiago Xicoténcatl. Este contingente castrense tenía una larga historia y no era la primera batalla que protagonizaba contra los estadunidenses.

El batallón pasó revista por primera vez el 1 de febrero de 1825 en la ciudad de Tepic. Comenzó como un cuerpo de guardacostac acantonado en el puerto de Mazatlán e intervino en diversos levantamientos armados durante nuestros primeros años de vida independiente.

El 30 de marzo de 1846, el presidente interino de la República, general Mariano Paredes y Arrillaga, reformó al batallón para transformarlo en una corporación denominada Tercero de Línea, que acudió a la defensa de Monterrey en septiembre de aquel año. Al caer dicha ciudad, las Guardias Nacionales y el Ejército fueron retirándose hacia el centro de la República, es así como los miembros del Batallón de San Blas lucharon en la batalla de Cerro Gordo, Veracruz, contra el invasor estadunidense el 17 de abril de 1847.

El 1 de julio siguiente, Santa Anna, con el cargo de presidente interino de la República, restableció al Batallón Activo de Guardacostas de San Blas. En el decreto respectivo se indicaba que dicha compañía se había extinguido por haberse veteranizado, cambiando su nombre por el de Tercer Regimiento de Infantería, sin embargo, a partir de ese momento, éste conservaría su antigua organización y forma. El 6 del mismo mes, se nombró al teniente coronel Felipe Santiago Xicoténcatl comandante en jefe de las cuatro compañías del batallón.

Poco se sabe del nacimiento de este héroe. El libro: El Coronel Felipe Santiago Xicoténcatl y la batalla de Chapultepec, 1847-1947, afirma que fue en Panotla, Tlaxcala, en 1805; se presume, además, que provenía de una familia descendiente del héroe tlaxcalteca Xicohténcatl Axayacatzin. Inició su carrera militar en la Guardia Nacional, seguramente en el Batallón de Tlaxcala que tomó parte en la guerra de Independencia. El 9 de octubre de 1829, el entonces presidente Vicente Guerrero, lo nombró teniente de infantería del Ejército. Después ascendió a capitán permanente en 1832 y a teniente coronel en 1833.

Sobre su trayectoria, el libro citado explica que: “La carrera militar de Xicoténcatl siempre se desarrolló con un mando de tropas, y se manifestó esplendente por un completo apego al deber y por la continuación de acciones distinguidas que le valieron prestigio y el honor de que frecuentemente fuera citado como ejemplo por sus superiores”.

Desde 1832 peleó en el ejército bajo las órdenes de Santa Anna. Se mantuvo fiel al gobierno. Tomó parte importante en la pacificación de los Departamentos de Yucatán y Tabasco durante sus guerras intestinas. Fue el primer ayudante del Batallón Activo de Oaxaca y del Batallón Activo de Lagos, para finalmente ser nombrado en 1847 jefe del Batallón Activo de San Blas, puesto que ocupó hasta su muerte.

Regresando al 12 de septiembre de 1847, en Chapultepec, los cuerpos de defensa recibieron al atardecer una orden de retirada. Al respecto, el general Santa Anna cometió un error de táctica, pues giró la orden sin dar aviso al Comandante en Jefe de Chapultepec y al Jefe del punto a cuyas órdenes habían sido puestos.

Al finalizar el día, después del bombardeo de 13 horas, el castillo y sus fortificaciones estaban altamente deteriorados por la artillería estadunidense. Sólo lo resguardaban 215 hombres ubicados en el bosque, 374 en la glorieta y demás puntos bajos y avanzados, y 243 en el interior del edificio.

El día 13 se reanudó el ataque a las 8 de la mañana. El ejército estadunidense formado en tres columnas, no tardó en ocupar el bosque y en trepar las laderas del cerro.

José María Roa Bárcena, en su obra Recuerdos de la invasión norteamericana, narra que el general Scott lanzó las compañías del mayor general Pillow al Poniente, partiendo de los Molinos y sostenidas por todas las fuerzas de la división de Worth. Por el Sur envió a la división del general Quitman, apoyada con la brigada Smith de la división Twiggs. La columna de asalto del capitán Mackenzie se había unido desde temprano a Pillow.

Frente a estas columnas que avanzaban sobre Chapultepec, el general Bravo pidió refuerzos al Ministerio de Guerra, al general Santa Anna y a los generales Rangel, Peña y Barragán, permaneciendo éstos inactivos en las calzadas inmediatas. La falta de órdenes del presidente hizo que aquellos generales no se atrevieran a obrar por iniciativa propia.

Vista la desorganización durante los primeros momentos de lucha, Santa Anna le ordenó a Xicoténcatl, junto con el Batallón de San Blas, menos una compañía, que acudiera al castillo para ayudar al general Bravo. Sin embargo, no pudieron llegar a la cima y el batallón se batió con el enemigo en la falda y en la pendiente del cerro; eran 400 mexicanos contra 1000 estadunidenses al mando de Pillow; no obstante, por momentos colocaron en aprietos a Pillow, quien tuvo que solicitar refuerzos a Worth.

El Batallón de San Blas luchó hasta desaparecer casi por completo. Sólo 20 soldados sobrevivieron, sin jefe, sin oficiales y sin municiones. El coronel Xicoténcatl fue herido por 14 balas cuando se dirigía a salvar la bandera de su batallón; después, fue recogido por algunos soldados. Hasta hoy se conserva el lábaro impregnado con su sangre.

Chapultepec se perdió y la Ciudad de México cayó en manos extranjeras. Sólo el recuerdo de los héroes batidos en combate quedó en la memoria de los sobrevivientes. En 1853, cuando Santa Anna volvió a ocupar la presidencia, dedicó un homenaje a la memoria del Batallón de San Blas, elevando de grado a Felipe Santiago Xicoténcatl, de teniente coronel a coronel por sus heroicas muestras de valor en su último combate.

El Batallón de San Blas fue disuelto por decreto oficial el 23 de octubre de 1855.

EL MES QUE MÁS NOS DEBE IMPORTAR COMO MEXICANOS



Ningún otro mes nos debería dar tanta felicidad como mexicanos que el mes de septiembre.

Es triste ver como las casas ya no lucen los colores patrios como antaño. Y cuando hablo de antaño no hablo de varias décadas, tan sólo un lustro, cuando mucho.

Y es mucho más triste y deprimente que dentro de mes y medio en los hogares de muchos mexicanos se van a lucir adornos de una tradición que ni siquiera es nuestra y, lo peor, que muchos no saben ni de donde proviene ni a que hace alusión, el hallowen.

Este mes, en el cual, dos personas de origen mexicano han estado a cargo de una de las misiones espaciales de la NASA con todo éxito; una de estas personas hizo realidad su sueño, quizás el sueño de miles de nosotros, de viajar al espacio.

Necesitamos retomar este sentimiento de orgullo de ser mexicano, olvidándonos de quienes son nuestros gobernantes, al final lo que cuenta es eso, ser mexicanos a mucho orgullo.

Ojalá algún día, estos mexicanos, que no están orgullosos de serlo, puedan salir del país, pero para ver con que cariño y con que gusto los paisanos radicados en otros países recuerdan a México. Puedan salir y ver el sentimiento que aflora al ver la bandera mexicana ondear en suelo extranjero; sentir esa emoción de oír un mariachi y de poder comer unos tacos, porque en suelo extranjero como se extraña ese sabor, el sabor a México.

Ojalá algún día, los muchachos que hoy día están en la escuela, con esa rebeldía que es característica de la adolescencia, que les da vergüenza cantar el himno nacional mexicano, que están inconformes con el país que les tocó, se propongan realmente modificar todo eso que mucho de nuestros gobernantes han ido dejando para después, CREAR UN MÉXICO MEJOR.

sábado, 12 de septiembre de 2009

COLABORACIÓN DE: Jorge Valente Osorio Temis, 2do. de secundaria





Dónde cuelga su ropa Superman?
En superchero.

¿Cómo pasa Superman entre una multitud de gente?
Con supermiso.

Era un mosquita que había leído una comic de Superman, entonces la mosquita se creía superman y cuando vio a un señor leyendo la mosquita empezó sssssssuperman psssssssuperman, y el señor por más que la espantaba la mosquita seguía diciendo: Pssssssuperman, psssssssuperman.
Entonces, la mosquita oye:

Pssssssssss pssss pssssssssss.
Y dice la mosquita:
¡OH, flictonita!

Qué es una naranja con una capa?
Una súper naranja.
¿Y un limón con una capa?
¡Un limón imitando a una súper naranja!

Llega pepito a la casa y dice mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa en la escuuuueeeela medisen que sooooy hijo del queee vendeeeee periódico

Un Sargento le dice a los soldados
¡SOLDADOS, PRESENTEN ARMAS!
Y los soldados dicen:
Hola, mucho gusto, le presento a la pistola.

Definiciones para las palabras tecnológicas que no entendemos:

Megabyte: Mordidota en Inglés.
Disco Duro: Cualquier disco de Heavy Metal.
Zip: Lo contrario de nop.
Ratón: Medida de tiempo breve "Te veo al ratón"
Chip: Compañero de Dale.
Quemador de CDS: Persona que gusta escuchar una y otra vez el mismo CD una y otra vez.
Inyección de Tinta: Lo que hacen los pulpos.
No break: Prohibición de un tipo de baile ochentero.
Fuera de Registro: Persona que no tiene acta de nacimiento o credencial de elector.
Selección de Color: Equipo de partidos políticos.
Tabloide: Pedazooide de Maderoide.
Tamaño Oficio: Otra forma de decir "¡Que Chambota!"
Foto Digital: Poner el dedo en el lente de la cámara.
Mouse: Apellido de Mickey.
Macromedia: Prenda para gorditas.
Ilustrator: Primo de Terminator a quien le gusta dibujar.

jueves, 10 de septiembre de 2009

COLABORACIÓN DE: Sebastian Antonio Sinta Palacios, 2do de secundaria


RESEÑA DEL FUTBOL:

MEXICO VS HONDURAS

Primer tiempo:

Fue un partido con lluvia el estadio estaba semilleno, México atacando y Honduras defendiendo. México tuvo oportunidades de meter gol pero el portero y la defensa de Honduras las retenía

Segundo tiempo:

En el equipo de Honduras entraron jugadores nuevos y cambiaron las tácticas esto generó un poco de desconcierto en México pero en el transcurso del tiempo México volvió a tomar el dominio del partido y en el último minuto marcaron un penalti a favor de México lo cual al Honduras no le favorecía; cuando en una jugada lesionaron al jugador Dos Santos; el penalti lo marco Cuauhtemoc Blanco; con eso sabían que tenían oportunidad de estar en el mundial de Sudáfrica del 2010. En los últimos minutos del partido Honduras quiso empatar lo que dio lugar a que ganara México. La selección mexicana esta a tres puntos de estar en el mundial.






COLABORACIÓN DE: Irving Vela Lara, 1ero. de secundaria











COLABORACIÓN DE: Aravi Torres Guevara, 1ero. de secundaria

LADY GAGA



Stefani Joanne Angelina Germanotta[1] (nacida el 28 de marzo de 1986) es una cantante, compositora y teclista estadounidense, mejor conocida por su nombre artístico Lady GaGa. En sus comienzos en Interscope records trabajó como compositora para artistas consagrados como Akon. Durante este perído, comenzó a introducir su música en locales de Nueva York. Tras el reconocimiento por parte de Akon de la talentosa voz de GaGa, éste le propuso que se uniese a su sello discográfico Kon live distribution, con lo que GaGa comenzó a trabajar en nuevo material para su álbum debut.

Stefani comenzó a trabajar con un colectivo llamado "Haus of Gaga" en 2008 y lanzó su álbum debut llamado The fame, en el que ella explicó que trata sobre "cómo cualquier persona puede sentirse famosa". El álbum alcanzó la posición máxima en países como Reino Unido y Canadá y al mismo tiempo le acompañaron buenas críticas. Hasta la fecha, el álbum ha generado varios números uno internacionales como Just dance[2] (nominado como Mejor grabación de música dance en la 51 Edición de los Premios Grammy) y Poker face. Tras realizar colaboraciones de apoyo con New kids on the block y Pussycat dolls, GaGa comenzó su propio tour llamado The fame ball tour.

GaGa se ha visto influenciada por la moda y ha sido apreciada por su sentido del estilo provocador y su influencia sobre otras celebridades. Musicalmente, se ha inspirado en el estilo glam de rockeros como David Bowie o Queen así como cantantes pop como Michael Jackson y Madonna[3] .

Su primer espectáculo oficial promocional para The fame, fue en el certamen de elección y coronación de Miss Universo 2008[4] presentando la canción Just dance.

Su nombre "Lady GaGa", de acuerdo a una entrevista con Ron Slomowicz, surgió como una referencia a la canción "Radio Ga Ga" de la banda inglesa Queen, a la cantante no le gustaba mucho su nombre por lo que se lo cambió legalmente, e hizo que sus padres

Álbumes de estudio

Sencillos

Esto es un poco de la carrera artística de Lady Gaga,

Que tiene mucho talento y sus canciones son muy

Pegajosas, aquí les recomendaré una canción

Titulada “Paparazzi” y esta otra llamada “LoveGame”

Para los que no la conozcan y la escuchen, espero

Les haya sido de su agrado esta información de Lady

 
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